Money, money, money


Publicado en: Última Hora
Publicado el: 04-10-21
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Por Antonio Espinoza, director del Club de Ejecutivos.

Al recorrer las ciudades y pueblos del Paraguay en estos días previos a las elecciones municipales, uno no termina de sorprenderse por el rimbombante despliegue de propaganda electoral, no solo de candidatos a intendente sino también a concejales.

Pasacalles, murallas pintadas, carteles, flyers, avisos en prensa, radio y TV, y hasta enormes y deslumbrantes pantallas LED en las principales intersecciones. La cacofonía mediática, además de metafórica, es literal, con ensordecedoras batucadas en calles céntricas que seguro ahuyentan más votos de los que atraen.

Empresarios que realizan campañas de marketing para promocionar los productos y servicios de sus empresas, y que van midiendo centavo a centavo los gastos en este concepto conocen bien los altísimos costos de estos medios publicitarios: son cifras multimillonarias invertidas por estos candidatos.

“Money, money, money” (plata, plata, plata); todo este derroche trae a la mente el célebre single de la banda sueca ABBA que conmovió el firmamento musical en 1976. ¿De dónde sale toda esta plata? ¿De los bolsillos de los candidatos, que con profunda vocación de servicio gastan sus ahorros en afán de contribuir a la calidad de vida de sus conciudadanos? ¿O de los aportes de parientes y amigos, convencidos de su calidad humana, honestidad y capacidad de gestión?

También podría provenir de los (quebrados) partidos políticos, despechando a sus impacientes acreedores y embargantes, o bien de ciudadanos comunes que esperan—con fe templada por repetidas desilusiones—que los aspirantes reemplazarán a los incompetentes titulares actuales, con beneficio para todos.

Claro, siendo este el Paraguay, no faltan los malpensados que con contundente lógica empresarial opinan estridentemente—en persona, por Zoom y en sus redes sociales—que lo erogado en las campañas no debe considerarse gasto, sino inversión. Y que, como toda inversión, los financistas esperan jugosos retornos en contratos sobrefacturados y subejecutados, o en oportunidades para cohechos pasivos propios e impropios (en la jerga local, léase coimas).

Desde luego, no podemos suscribirnos a tales difamantes calumnias, pero de todas maneras estas nos invitan a reflexionar sobre la relación entre el dinero y la política.

Todo aporte a una campaña política es realizado con esperanza de recompensa. La recompensa puede ser tan inocente como la satisfacción de ver a un amigo lograr un cargo que ambiciona o la implementación de políticas públicas consideradas positivas para la comunidad. O, ya con menos inocencia, lograr acceso privilegiado al funcionario electo, comprometerlo a traficar su influencia o asegurar consideración favorable a iniciativas que serán de provecho particular.

Sin generalizar, es probable que los aportes de poca monta tengan el carácter de lo primero, y que los de gran envergadura se orienten más a lo segundo. Es la razón por la cual que en muchos países se establecen estrictos topes al monto que una persona puede donar a una campaña, y a lo que a un candidato le está permitido gastar.

El obsceno dispendio de recursos en esta campaña, incluso para cargos de menor relevancia, en propagandas que hablan poco del programa, de los valores y de la trayectoria cívica de los postulantes, y mucho de su capacidad de vender favores y del talento de su maquillador de Photoshop, debe motivarnos como sociedad a rever la legislación que rige las contribuciones a campañas. Si no lo hacemos, seguiremos teniendo políticos cuyo sueño no dista mucho de la lírica de ABBA:

En mis sueños tengo un plan
Si me consigo un hombre rico
Ya no tendré que trabajar
Solo divertirme y farrear
Plata, plata, plata.