Por Gabriela Teasdale, socia del Club de Ejecutivos
A medida que se acerca el 8 de diciembre, se enciende el debate sobre las celebraciones para honrar a la Virgen de Caacupé, nuestra santa patrona. Este ha sido un año especial en nuestras vidas, en el que queremos pedir por la salud y el bienestar de las personas que nos rodean, así como por el bien del país. La incertidumbre respecto al futuro, a cómo se desenvolverá el mundo después de esta pandemia y la solidaridad con quienes han sufrido y siguen luchando, ha hecho que el aspecto espiritual cobre especial relevancia. Queremos honrar a nuestra Virgen, pedirle que nos proteja, nos ayude y nos acompañe en la tarea de levantarnos y recuperarnos de este año tan desafiante. Pero la espiritualidad se vive de distintas maneras y eso es lo que tenemos que explorar precisamente esta vez.
Hemos visto a las autoridades de la Iglesia Católica mantener reuniones periódicas con los responsables de la sanidad del país, buscando una solución para llevar adelante unas festividades seguras. En esa línea, se resolvió llevar a cabo misas por internet y con una definida agenda. Pero muchas personas siguen llegando a Caacupé, haciendo caso omiso de las recomendaciones y poniendo en riesgo los avances logrados durante meses de confinamiento. El ministro del Interior, Euclides Acevedo, advirtió recientemente que tanto la Policía como el Ministerio Público podrán hacer uso de la fuerza para evitar la aglomeración de peregrinos en la capital espiritual del país. Y es una pena que lleguemos a esa eventualidad, justamente en este contexto.
El Papa Francisco dijo en marzo, cuando estalló la pandemia, que la situación en la que nos encontrábamos, más o menos aislados, nos invitaba a redescubrir y profundizar el valor de la comunión. En términos generales, la comunión es la unión de dos o más cosas en lo que tienen en común y es una palabra que refiere al intercambio íntimo, al trato familiar y a la comunicación abierta.
El padre José Ignacio Fernández, un teólogo de la Universidad Gregoriana de Roma que trabaja en Chile, expuso recientemente sobre la importancia de aprovechar esta situación de emergencia para crecer en la fraternidad y estar pendientes del otro, en la distancia.
Entonces, es el momento de dejar el egoísmo y pensar en forma comunitaria. De nada va a servir peregrinar para honrar a la Virgen si en esa acción terminamos contagiándonos y enfermando también a nuestro entorno. Practiquemos el liderazgo también en esta instancia y entendamos que los cambios comienzan por uno mismo. Si quiero protegerme y proteger a mis seres queridos, no puedo esperar que las autoridades lo hagan todo, tengo que preocuparme y ocuparme también yo. Ser responsables y seguir las reglas en todas las circunstancias, aunque eso nos lleve a romper tradiciones. Porque este es un año en el que todos salimos de nuestra zona de confort. Y Porque la espiritualidad bien entendida comienza con mirar al otro.
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